Hemos contemplado a Jesús nacido en Belén, adorado por pastores y Magos, pero el Evangelio nos lleva a las riberas del Jordán donde, a los 30 años de su nacimiento, Juan el Bautista prepara a los hombres para su venida. Cuando ve a Jesús yendo hacia él, dice: Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29). Nos hemos habituado a esas palabras y, sin embargo, son siempre maravillosas, misteriosas, poderosas.
¡Qué resonancias tendrían en quienes conocían el significado del cordero pascual, cuya sangre había sido derramada la noche en que los judíos fueron liberados de la esclavitud en Egipto! Todos los israelitas conocían bien las palabras de Isaías, que había comparado los sufrimientos del Siervo de Yahvé, el Mesías, con el sacrificio de un cordero, lo que era a la vez el recuerdo de la liberación y del pacto que Dios había estrechado con su pueblo.
Todo era promesa y figura del verdadero Cordero, Cristo, víctima en el sacrificio del Calvario en favor de toda la humanidad. Él es quien quitó el pecado del mundo: muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida. San Pablo dirá a los primeros cristianos de Corinto que nuestro Cordero pascual ha sido inmolado y les invita a una vida nueva, a una vida santa. La expresión ha sido meditada y comentada por los teólogos y autores espirituales; se trata de un título “de rico contenido teológico, es uno de esos recursos del lenguaje humano que intenta expresar una realidad plurivalente y divina, una de esas expresiones acuñadas por Dios, para revelar algo muy importante de Sí mismo”.
La profecía de Isaías ya se cumplió en el Calvario y se vuelve a actualizar en cada misa: cada vez que celebramos el memorial del sacrificio de Cristo, se realiza la obra de nuestra redención. La Iglesia quiere que agradezcamos al Señor su entrega hasta la muerte por nuestra salvación, y el haber querido ser alimento de nuestras almas.
Desde los primeros tiempos el arte cristiano ha representado a Jesucristo, Dios y Hombre, en la figura del Cordero Pascual. La iconografía quiere recordar lo que nos enseña la fe; ante Él se postran en adoración los 24 ancianos -según la visión del Apocalipsis-, preside la gran cena de las bodas nupciales, recibe a la esposa, purifica con su sangre a los bienaventurados y es el único que puede abrir el libro de los siete sellos: el Principio y el Fin, el Alfa y la Omega, el Redentor y el Juez omnipotente.
“A perdonar ha venido Jesús. Es el Reconciliador”. Agradezcamos al Señor tantas veces como ya nos ha perdonado. Pidámosle que nunca dejemos de acercarnos a esa fuente de la misericordia divina, que es la Confesión.